Textos de Otres
:Desde el cuarto de herramientas, por Diego Alfaro Palma.
«Reseñar libros ajenos y recibir visitas inesperadas por Diego Alfaro Palma». (Publicado originalmente en Substack el 16/02/2026)
Escribo desde el cuarto de las herramientas. A mi izquierda hay palas, rastrillos, chuzos, raspas, tijeras de podar, una picota. Frente a mí, esta otra herramienta en donde tecla a tecla voy formando palabras. Celebro porque hoy es lunes y me alegran las reseñas que han aparecido en estos días de mi último libro, Mar pequeño del que peregrina: diario de huerta. Perdí la cuenta de las fotos en las que me han etiquetado, o los mensajes bellos que han llegado por Whatsapp. Esto no pasó siempre. Pero lo que más pongo en valor, es que esos artículos hayan sido escritos por gente joven, personas que no conozco o con los que he compartido una que otra charla. Nunca he sido de grupos, ni de comunidades. Escribo desde el cuarto de las herramientas, qué más podría esperar. Cuando me invitan a dar una charla siempre recomiendo escribir reseñas, es parte de tu formación como escritora o escritor. Leer la obra de otro es ponerse en situación, intentar descifrar modos y estructuras, conversar secretamente. Cuando tenía veinte llegué a juntar —sin exagerar— unas cien reseñas y artículos en torno a títulos de mis contemporáneos. Libro que caía en mis manos era examinado con la paciencia de quien observa el comportamiento de una abeja solitaria. Me entretenía eso, pero también era una especie de gimnasio mental, un precalentamiento a la escritura. Con el jardín pasa algo parecido. No te puedes ir directamente al chuzo, menos en verano cuando la tierra está apretada y el calor no da tregua. Hay que partir examinando, viendo por dónde comenzar, cuáles son los pasos a seguir: rastrillar, raspar, ampliar los surcos. La primera nota que recibí en mi vida de escritor fue mala, de hecho fue de mala leche. La hizo alguien que yo no tenía en mi radar, pero que al parecer estaba enojado con la editorial o con sus miembros. Me afectó. Había trabajado tanto por esa colección de poemas, que no me merecía tantos insultos en un espacio tan acotado. Después entendí que quizás esa persona tenía sus dramas hirviendo en un caldero. Paseantes había circulado durante dos años por las manos de varios lectores a través de unas copias anilladas que yo había hecho. Para este propósito, también había montado mi propia editorial, elaborando una especie de plaquette de adelanto. No conservo ningún ejemplar de eso. Pero lo que no me dejé intimidar y esperé. Finalmente ese libro tuvo una vida hermosa, un kilo de elogios o análisis sesudos. Hizo su camino. Lo que a mí más me alegraba era el hecho de que poetas de la talla de Armando Uribe o Cecilia Casanova lo leyeran junto a mí y lo celebraran. Ahora, desde este cuarto iluminado, que Claudia habilitó como oficina, y que es visitado por el sonido de la lavadora y de los pájaros que se posan en los árboles de alrededor, celebro que alguien de menos edad lea lo que escribo. Para mí, ahí está el frescor, como cuando uno riega y parece que la tarde se apacigua. Me encantan esas invitaciones a escuelas públicas, a talleres punks, a cárceles o villas, a clubes de lecturas que están lejos lejos lejos de casa y a los que me tengo que conectar desde este espacio. Que te pidan un poema para un fanzine. Que un lector mochilero haga 1700 kilómetros para venir a verte. Que se escriban notas, mensajes, correos de vidas emocionadas con una lectura. Prefiero todo eso a aparecer en la lista de los más vendidos, de los mejores libros del año. Yo sólo quiero mantener este jardín y mis cuadernos, juntar palabras con esta herramienta para los desconocidos, para los que están lejos lejos lejos de casa. *Foto de Claudia Sanz Bayeto |
@diego.alfarop
