Textos de Otres

Los detalles y los silencios (cuento)
Los detalles y los silencios (cuento)

Los detalles y los silencios, cuento de Facundo Fontanella

 

Quisiera poder escribir sobre ese tipo, uno como tantos, que se planchaba las camisas y que tenía un auto del montón. Un tipo anodino si caminaba por la calle, si concurría a un consultorio médico, metódico, cumplidor, padre de familia.

Recuerdo el living de su departamento en la calle Alem, con un piso de parquet de madera oscura, con ese poco de polvo que delata una limpieza en seco, medida, una vez por semana, hecha por una señora paraguaya y repasada por él si era necesario, para no perder la costumbre de humillar. Una pared, próxima a una abertura que comunicaba con la cocina empapelada en ocre, llena de fotografías de sus hijos, mostrando un desarrollo cronológico de la biología humana. Nacimiento, primera infancia, primera comunión (con los datos impresos sobre la imagen, del día, mes y año, además del nombre de la parroquia), recibida del secundario, otorgamiento del título universitario. O por lo menos, en algunos casos. También los registros del paso por el servicio militar, de una trayectoria en distintos destacamentos a lo largo y a lo ancho del país (cada hijo nació en una ciudad distinta: el primero en Buenos Aires, la segunda en Mar del Plata, el tercero en Neuquén), en tierra o en alta mar, en la luna de miel en la foto quemada por el sol tomada en una ladera del Llao-Llao, en la juventud con la madre en el pueblo mendocino donde también habían nacido un conocido cineasta y, lamentablemente, su hermano. Cada imagen, enmarcada o protegida prolijamente por una lámina de vidrio.

Ese es en mi recuerdo el señor Olazábal. Poco pelo, pero siempre con el mismo corte, a medio camino entre el gris y el blanco, bigote espeso y una afeitada cotidiana con navaja. Hasta el día en que lo encontré en la casa velatoria, en el funeral de su esposa, el hermetismo bélico de su persona me parecía inconmovible. Lo denomino así porque no se me ocurre un término mejor: un teniente coronel del ejército es un estereotipo que se me antoja fabricado según los patrones del difunto modelo de la sociedad industrial avanzada (tan avanzada que se proyectó hacia el futuro para mutar en otra cosa, podridamente inhabitable día a día). La ropa siempre pulcra, pero del mismo color, algún recuerdo que delata los tiempos de la juventud empleado como elemento decorativo en la pared de alguna habitación de la casa (pongamos por caso una guitarra, con el nombre del propietario pintado con una caligrafía juvenil, pero sin cuerdas, como un trofeo de caza, sin vida), un carrito de esos que se usaban en los hoteles hace cincuenta años, cargado de botellas con bebidas blancas pero con el contenido apenas tocado, persistiendo en el espacio próximo al cristalero que casi no se abre por años (sin luz ni calor cerca, se sabe que esas bebidas se perpetúan inútilmente, como decorado televisivo).

Creo que era un mediodía y el invierno era especialmente frío. El viaje desde Retiro había sido complicado, con un buen tramo de la ruta cubierto por la niebla y los consecuentes accidentes (el primer cuerpo lo vi cuando promediaban las 9 y el micro, que fatigaba la ruta desde las 6, ni siquiera había llegado a San Pedro; tenía los pies descalzos y habían llegado a cubrirle la parte superior con un pedazo de cubre coches que le combinaba con el conjunto deportivo que se podía ver; debajo suyo había un colchón de vidrios astillados de parabrisas). Con más de tres horas de demora llegué y tal vez tomé un taxi hasta la dirección que alguien probablemente me envió a través de un mensaje de texto en el pequeño y primitivo celular que tenía a mis dieciocho años. Me bañaba la noche previa cuando otro mensaje me había puesto en tema sobre la muerte de la señora Olazábal. A esa edad, la que yo tenía entonces, la precariedad existencial ya estaba patentada pero todavía existía algún absoluto, el de la amistad, aunque se terminaría pronto, pero lo cierto es que era capaz de irme a Retiro a tomar el primer micro de la mañana siguiente. No se podía no estar. Recuerdo un gran ambiente de color marrón rojizo con las luces apagadas y el aire acondicionado a temperatura elevada. De atrás de una mesa recubierta con vidrio que servía de sostén a un jarrón con una ofrenda floral surgió el señor Olazábal, con un llanto angustiado, se acercó efusivamente a abrazarme y lloró sobre mi hombro, y me agradeció por estar ahí. Poco tiempo antes, en una visita previa a su casa, yo le había obsequiado a su hijo un ejemplar de «No habrá más penas ni olvido» (leía con fervor a Soriano y sus historias de personajes simples enfrentados a extremos de la vida argentina donde había que elegir sostener en alto una idea o dejarse matar por ella, ahora apenas puedo buscar giros narrativos que me sorprendan para la desesperanza), sobre el cual el señor Olazábal mostró un desmesurado interés, a tal nivel que le pidió permiso al hijo (al menos una vez lo hizo) para llevarse la novela a uno de sus frecuentes viajes a la sede de Fabricaciones Militares, donde trabajaba durante la semana. El tráfico de ese año era jodido, había que detenerse mucho por los cortes de ruta de la patronal agropecuaria; algunos se quejaban.

Para el señor Olazábal siempre había algo que interponer entre su persona y los otros. Unas veces era una ruta, otras su jerarquía (la familia o la Fuerza son instituciones, ambas con sus miserias de dominación y sin muchas diferencias notables). Esa vez fue una confesión lo que se interpuso. Habían pasado algunos años. La Fuerza, que siempre protege a los suyos y expolia al resto, lo había trasladado a Rosario finalmente, para que estuviese cerca de sus hijos. No soportó por mucho tiempo la situación: como padre, era muy buen teniente coronel, afecto a la imposición y las órdenes, así que, llamado mediante, fue reubicado en Campo de Mayo. Los fines de semana, para controlar la casa, manejaba hasta la ciudad de su familia.

No recuerdo cómo surgió, pero esa vez me ofreció llevarme con él hasta allá. Hay que ir hasta Campo de Mayo y tener conciencia de que se va a ingresar, aunque sea por instantes, para esperar a alguien, a una especie de vórtice abierto por la hélice de un barco en el océano, que nadie puede detener o forzar contra su voluntad, y que en alguna parte esconde huesos y sangre que seguro todavía está líquida. En ningún momento razoné cómo era que el señor Olazábal podía vivir, tomar el café con leche todos los días, hacer vida cotidiana y hasta dormir ahí dentro, cierta ingenuidad o desconocimiento que hoy no me perdono me impedía atar cabos.

Íbamos tomando mate por la ruta y conversando. De qué podría conversar con alguien tan distinto desde todo punto de vista (sobre todo a la luz de la posteridad), desconozco. No obstante, sé cómo soy: en algún momento necesito generar un momento incómodo, también de joven era así. Hoy por hoy, todos los deshechos ideológicos reaccionarios, abortos de ideas psicopáticas que intentan definir una nueva moral, se pavonean vivando al presidente y a sus autopretendidos fascistas, además de matarse en el gimnasio, querer vivir de inversiones y leer las estupideces de Laje. En ese momento era impensable este presente. Por eso mismo, calculando la distancia que faltaba para llegar a Rosario (poca), le pregunté:

-¿Cómo viven en el Ejército la situación actual de los juicios?

La respuesta fue automática:

-Son una farsa.

Me mostré interesado y quise saber el por qué.

-Porque se trata de un grupo de diez generales cagones, que se dejan llevar a Tribunales como si nada, y así hacen quedar como el orto a toda la institución.

El tono de su voz había abandonado el modo de conversación rutera mediada por el ir y venir del mate, y había aparecido una llaga en el uniforme. Le di directo donde le dolía, al parecer, porque siguió explayándose sin esperar mi intervención:

-Yo tenía 18 años en el ’78, tu edad ahora, cuando entré. Viví toda la guerra contra la subversión y te juro que quería salir a cazarlos, pero hasta que cumplí 21 no me dejaban participar. Esos que se hacen llamar hijos son toda una mentira, y las viejas de mierda son una máquina de facturar que lo único que hacen es sostener vivo el rencor de una guerra que terminó hace más de cuarenta años, y no quieren aceptar que perdieron.

En este punto yo tenía miedo y no podía seguir mirándolo. Le pasaba un mate tras otro compulsivamente, buscando con la mirada los carteles verdes que señalaban los kilómetros que faltaban para llegar a Rosario y miraba fijo al mismo tiempo la ruta hacia adelante. A lo mejor nos chocaban de atrás y yo salía eyectado como una de esa personas que había visto años antes en el mismo tramo, muertas en el camino. Él continuaba monopolizando la palabra, como si se hubiera callado mucho tiempo y necesitase de alguien que le diese el pie para volcar tanta mierda:

-Y te quiero dejar en claro una cosa, oíme bien. Nosotros somos el Ejército. Si yo te tengo que matar, no voy a salir a tirarte piedras o pegarte palos, ¿entendés? Voy a usar algo como esto.

En ese momento, sin dejar de manejar, abrió la guantera y me mostró el arma.

Cuarenta minutos después, llegamos a destino. Todavía faltaba pasar dos días alojado en su casa y compartir el viaje de regreso.

 

Pasaron muchos años ya. No sé nada del señor Olazábal desde hace al menos una década. Si vive, debe estar contento con la época.

En realidad, hubiera querido escribir sobre uno de sus hijos, que por muchos años fue un gran amigo. Pero por más que intento, solo me sale omitirlo. Solo diré que odiaba a su padre y que tampoco sé nada de él. Los años, como pasa en estos casos, lo habrán vuelto cada vez más parecido.

 

Facundo Fontanella (Buenos Aires, 1990). Es licenciado y profesor en Ciencias de la Comunicación (UBA) . Librero, profesor e investigador sobre la historia del libro y la edición. Publicó la plaquette de poemas Navegación del otoño (Trilce Editorial, 2021) y colaboraciones de prensa, ficción y poesía en distintos medios virtuales. Escribe, pero, ante todo, lee y escucha. Y todo lo demás, es música.

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